Carlos Damacio Gómez Maldonado
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Textos Tales of Suspensus

 

Las pinturas de Carlos Gómez son juegos caleidoscópicos en los que reflejos y repeticiones se multiplican en todas direcciones. Desde y hacia el centro de estas imágenes, escenas apacibles y burguesas, en las que niños y animales tienen un lugar destacado, se convierten en cuadros enigmáticos en los que toda historia, toda acción, queda suspendida irremediablemente. Como aquellas antiguas atracciones de circos y de ferias de diversiones, Tales of Suspense es un acto ilusionista, una sala de espejos que contiene reflejos alterados, deformados, imposibles. 

En más de alguna ocasión el artista se ha referido a este conjunto de obras a partir de los procedimientos y de las metáforas del grabado, imágenes espejo que no son más que la puesta en escena de positivos y negativos, de matrices y de sus copias. Sin embargo, si estas pinturas dialogan con la técnica del grabado ellas no se agotan ahí. Más bien, ellas retoman el problema de la reproducción y la copia volviendo a un momento clave en el siglo XIX en el que pintura, grabado y fotografía convergieron en un mismo espacio de producción. El repertorio temático utilizado por el artista –que incluye desde escenas victorianas de corte sentimental a citas a algunas de las obras menos canónicas del impresionismo francés- nos da algunas señas. Pero no es si no la disposición caleidoscópica de estas imágenes lo que nos hace pensar en la operación llevada a cabo por Gómez. Una miríada de imágenes organizadas a partir de aquel cambio de paradigma que supuso la imagen fotográfica a través de dioramas, vistas panorámicas, caleidoscopios y fotografías estereoscópicas, entre otros recursos, durante el siglo XIX. Pero, en este caso, imágenes caleidoscópicas que vuelven a la pintura y que reproducen, manualmente, el oficio de la fotografía.

Josefina de la Maza
Historiadora del Arte.

 


“Lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, que apenas podemos soportar...”, decía Rilke. Y en la belleza, en la inocencia de los niños y sus perros regalones y guardianes, en la elegancia de los caballeros y su mundo, en las escenas espejeadas de los Cuentos de Suspenso de Carlos Gómez, presentímos lo terrible asomando, formándose en los intersticios, o amenazando desde el fondo oscuro al cálido ambiente iluminado. Eso era “lo siniestro” o “lo ominoso” para Freud : “lo que no debiendo aparecer aparece”, y que analogaba al inconsciente. En las pinturas de Carlos Gómez, que algo nos recuerdan las manchas del test de Rorschach, podemos ver, proyectando nuestros propios estados del alma, lo bello y lo terrible, lo hogareño y la figura siniestra que alcanza a esbozarse, la nostalgia por un mundo bello e inocente y a la vez la ironía ante tanta ingenuidad, ante la construida sofisticación. Nos preguntamos también por el alma del artista, ¿por qué el joven artista nacido en Coyhaique retrata esos mundos, aparentemente tan distantes? ¿Los admira?, ¿se burla?; ¿los vivió, los imaginó, los soñó, los añora? ¿Qué pinta de sí en ellos? Quedamos en suspenso, en la inminencia de una revelación que no se produce, quizás lo central del hecho estético, como decía Borges.

Patricio Olivos
Psiquiatra.



La fuerza de Tales of Suspense no radica exclusivamente en la rigurosidad con que sus imágenes intervienen y colonizan redes de producción y consumo desarticuladas hace más de un siglo. Tampoco en la precisión con que Carlos Gómez diseca los conocidos circuitos de la imaginería victoriana, sus penetrantes mercados y el trabajo de artistas que acumularon prestigio atendiendo a las demandas visuales de una nación imperial encandilada con su destino. La intensidad de este ejercicio, en sus distintas formas, tiene principalmente que ver con la manera en que lo especular –lo iterativo- corporeiza aquello que permanecía latente en la tradición visual que actualiza. Un número importante de las imágenes que Gómez retoma fueron moneda de cambio corriente en la Inglaterra del siglo XIX e inicios del XX. Artistas como Charles Burton Barber, John William Waterhouse y Arthur J. Elsley lograron generar un corpus visual invasivo que reprodujo y validó tres dimensiones esenciales de la agenda moral y cognitiva instalada por la burguesía contemporánea: el cercamiento de lo doméstico, la sublimación de la idea de familia y una nueva relación con la naturaleza.

La repercusión social de estos motivos explica el favorable destino de esas pinturas, muchas de las cuales terminaron multiplicadas a razón de mercado en los talleres de activos grabadores para ilustrar libros, revistas y sobre todo calendarios, los que, siguiendo otra agenda, contribuirían a reforzar la centralidad del tiempo en el supuestamente autónomo dominio de lo privado.

No cabe duda que estos grabadores fueron los primeros en advertir aquello que Gómez vio tantas veces al lidiar con estas mismas imágenes: las inquietantes figuras que emergen en esa frontera mental que separa a la matriz del grabado. Pero esa comunidad de experiencia, que en Gómez devino obsesión, no garantiza -no hay cómo probarlo- que hayan ensayado algún significado para asimilar el efecto óptico. No hay cómo saber si pensaron, por ejemplo, que las perturbadoras y a veces monstruosas apariciones resultantes de la reproducción mecánica no eran sino la manifestación fortuita de las horrorosas fuerzas –la explotación obrera, el imperialismo transoceánico, el racismo científico- que hacían material e idealmente posible las sentimentales escenas que nutrieron el envanecido régimen visual victoriano. 

Andrés Estefane
Historiador